domingo, 31 de diciembre de 2006

Beatriz Hernanz


Después del tiempo de las espadas 
vuelvo a casa sin llaves, sin derrotas, 
emerjo del agua que se enrosca en mi frente, 
sin anestesia local. Me invento otro dolor. 
Nada es igual. Ya no conozco el camino. 

Y golpea la nostalgia con sus cuchillos secretos, 
como desesperación celeste de un jaguar, 
como maleta cerrada de un viajero sin tiempo. 
La verdad todavía es posible en las palabras. 
Y brotan mares que se bifurcan en mi carne cancelada. 
No quiero oír la ausencia, 
ni tocar mi dolor abrasado por la huída. 
Una mano es una red de senderos que el abandono 

araña.




De La vigilia del tiempo

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