domingo, 31 de diciembre de 2006

David González


HUMILLACIÓN 


El funcionario, 
un cacho de carne con ojos 
en mangas de camisa, 
dice: 

Todas las cosas
de metal que tenga,
sáqueselas y déjelas
sobre esa mesa
 


Luego, mi abuela, 
apoyada en su muleta 
(hace un año 
se rompió la cadera 
al caer de espaldas al suelo 
mientras limpiaba los cristales 
de la ventana de la cocina 
subida encima de una banqueta), 
pasa por el detector 
de metales y el detector 
emite una serie de pitidos. 

A lo mejor es la muleta 
dice mi madre 

¿Puede andar sin ella? 
le pregunta el funcionario 

Bueno sí, pero no querrá que
se la de a usted
y que vuelva a pasar
 


Y mi abuela, 
su largo pelo blanco 
recogido en un moño 
por detrás de la cabeza, 
un pañuelo negro cubriéndola, 
hace lo que le ordenan 
y, aunque cojeando, 
consigue que el detector 
de metales pite otra vez. 

A ver, quítese ese pañuelo 
Mi abuela obedece. 


Seguro que son esas horquillas,
así que haga el favor
de soltarse el pelo
 

Mi madre explota: 

Pero ¿no se le cae a usted
la cara de vergüenza
al hacer que una persona
tan mayor tenga
que pasar por todo esto
para ver a su nieto?
¿Quién se cree que somos nosotros?
¿Es que no sabe usted
distinguir a la calaña
de las personas honradas?
 

Pero ya mi abuela, 
con su vestido gris, 
está pasando otra vez 
por el detector de metales 
con idéntico resultado 
que las dos veces anteriores. 

Y el funcionario, 
un cacho de carne, 
dice: 

Quítese el vestido.
Si quiere puede doblarlo
y colgarlo del respaldo
de esa silla de ahí
 

Mi madre está tan indignada 
que no le salen 
ni las palabras; 
y mi abuela, 
cojeando, 
despeinada, 
en enaguas, 
consigue cruzar al otro lado 
del detector de metales 
sin ser delatada. 

Ahora ya puede vestirse
y pasar al locutorio
 
dice el boqueras 


No tiene usted
perdón de Dios
 
dice mi madre 

Y mi abuela, que al ir 
a ponerse el vestido 
ha encontrado en un bolsillo 
una moneda suelta, 
se acerca al boqui 
y le dice: 

Perdón señor,
¿sería esto lo que sonaba?
 

y le pone delante de los ojos, 
a modo de espejo en miniatura, 
una peseta 
con la cara de Franco. 



De El demonio te coma las orejas, 1997.



1 comentario:

Anónimo dijo...

Publicado Por Invitado Jueves, 05 De Agosto De 2010 | 1:52

Genial amor mio