domingo, 31 de diciembre de 2006

Felipe Benítez Reyes


PALABRAS PRIVADAS 




1





Nos hemos hecho daño 
y el tiempo ya no pasa indiferente. 
Por qué es tan alto el precio del olvido 
no sabemos, y herimos 
con una relajada displicencia 
aun teniendo muy claro que algún día 
alguien recordará el dolor que le causamos, 
porque el dolor persiste en la memoria 
con una obstinación insobornable, 
y es fiel, y es rencoroso, y el perdón no le afecta. 



Nos hemos hecho daño. 
Y la juventud dorada era de nieve. 






2




Para el amor altivo la condena 
de un alto dolor. 



Para el amor 
que se enfrenta a la muerte, 
iluminando la tiniebla con fuegos de artificio, 
para ese amor la herida 
de las crepusculares sombras. 



Para el amor que ignora la sustancia 
funeral de la rosa, turbio aroma de un día; 
que desconoce destrucción y nada sabe 
del peso oscuro que en el alma dejan 
los años, que van huyendo 
como lobos heridos por un bosque de niebla. 



Para el amor altivo ya sabéis: ese fuego 
de llamaradas lentas donde arde 
como una estrella enferma el corazón. 



Para el altivo amor nunca hay olvido: 
su dardo está clavado 
en el centro sombrío de la vida. 







3




Hay siempre mar de fondo en el amor. 
Hay siempre lunas muertas, estrellas despuntadas, 
sombras de muertos ángeles. 
Hay siempre nubes negras y el cadáver de un cisne. 
Hay un viento que arrastra los jirones de niebla 
y una mano enemiga que desgarra la niebla. 
Hay siempre mar de fondo, 
siempre esconde el amor su aurora oscura.







LA HERIDA, EL DOLOR 



El dolor que precede a las heridas, 
igual que al trueno el rayo, 
es punzante y conciso como un presentimiento. 

(Lo ves llegar. Lo hueles. Corta el aire. ) 

El dolor que sucede a las heridas, 
como al trueno la lluvia, 
ruge en sus soledades silencioso 
y explora cada noche una honda selva 
de bestias reflexivas y asustadas. 

Las heridas de amor duelen sin fin, 
supurantes de odio y petrarquismo, 

y el dolor por la urgencia 
del tiempo es inmortal, 
pues va de mano en mano transmitiéndose 
como una copa fría 
(Calla y bebe) 
de cristal quebradizo y de tormento. 

La herida, por su parte, de sabernos efímeros 
es un lento suicidio de relojes 
que disparan sus flechas sobre sí 
y el dolor por la muerte es una barca 
mecida en tempestades de agua quieta. 

La herida es poca cosa, pero luego 
llega siempre el dolor, 
su abstracta maquinaria, 
para marcar a fuego nuestra vida, 

y el humo de ese fuego es lo que somos. 



LA DESCONOCIDA


En aquel tren, camino de Lisboa,
en el asiento contiguo, sin hablarte
- luego me arrepentí.
En Málaga, en un antro con luces
del color del crepúsculo, y los dos muy fumados,
y tú no me miraste.
De nuevo en aquel bar de Malasaña,
vestida de blanco, diosa de no sé
qué vicio o qué virtud.
En Sevilla, fascinado por tus ojos celestes
y tu melena negra, apoyada en la barra
de aquel sitio siniestro,
mirando fijamente- estarías bebida- el fondo de tu
copa.
En Granada tus ojos eran grises
y me pediste fuego, y ya no te vi más,
y te estuve buscando.
O a la entrada del cine, en no sé dónde,
rodeada de gente que reía.
Y otra vez en Madrid, muy de noche,
cada cual esperando que pasara algún taxi,
sin dirigirte incluso
ni una frase cortés, un inocente comentario...
En Córdoba, camino del hotel, cuando me preguntaste
por no sé qué lugar en yo no sé qué idioma,
y vi que te alejabas, y maldije a la vida.
Innumerables veces, también,
en la imaginación, donde caminas
a veces junto a mí, sin saber qué decirnos.
Y, sí, de pronto en algún bar
o llamando a mi puerta, confundida de piso,
apareces fugaz y cada vez distinta,
camino de tus mundos, donde yo no podré
tener memoria.



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