domingo, 31 de diciembre de 2006

Jenaro Talens



TERRITORIOS DE UN CUERPO




I




HERMOSO es el desorden de mi pensamiento. 
Yo no sigo el ejemplo de los más ancianos: 
busco lo mismo que buscaban. 
Por eso, en esta diáspora de ti, 
sé que el silencio que nos cubre es esto, 
dos bultos que se pliegan y se envuelven 
para volver de nuevo hasta su soledad. 
Compruebo que es abril, que el invierno termina 
y que incluso las flores son felices. 
Soy como ellas, no pregunto nada; 
y me limito a estar sobre tu cuerpo 
como quien mira sin temor, de frente, 
un eclipse 
de sol. 





II




DÉJAME ser el huésped de tu boca, 
la lentitud con que el calor recorre tu desnudo. 
Soy como el frío de una noche desierta, 
pronto a buscar cobijo en los derrumbaderos 
donde hace nido la melancolía. 
Hay tanto resplandor, la luna es tanta 
que me deslumbras con la calidez 
de tu silencio, y me sumerjo en ti. 
Nunca pensé una eternidad tan cerca. 





III




CADA nuevo clima 
es, al cabo, costumbre, y yo, extranjero. 
El día ha caducado 
y va a empezar la oscuridad. 
Déjame que me oculte junto a ti, 
en el frondoso bosque de unos ojos 
donde no cesa de llover. 
Acurrucado entre sus matorrales, 
aguardaré a que tu pasión me señale el camino. 
Sé que el aire es más dulce donde crece la luz. 





IV




ESTOY tumbado al borde de tu claridad, 
en la suntuosidad de una batalla 
donde ninguno es vencedor, 
y hasta el olor del cuarto, 
donde rugen, insomnes, tu apetito y mi sed, 
florece sin saberlo, como un musgo surgido 
de mi humedad tan tuya, de un sendero 
que nos conduce hasta ese mar sin olas, 
la tierra azul donde se desordena 
el centro mismo del placer, la espuma 
en que consiste toda esta explosión, y, al fondo, 
la lluvia que golpea las ventanas, 
la lluvia siempre otra, insobornable, 
con sus lentas espinas. 




V




APAGA las estrellas, 
desconecta el sol. 
Quiero adentrarme a tientas 
por los acantilados de tu piel, 
reconstruir sobre tu boca 
las letras, una a una, 
con que dar nombre al fuego, 
a la locura de saber que he visto 
el cielo tan de cerca, o no, tan mío 
que mi país se llama medianoche. 
¿Quién eres? ¿Dónde estás? Qué importa, 
si te elegí entre todas las estrellas. 





VI




DESCUBRIR los motivos de la aurora 
es otra forma de pensarte, 
asomado a la baranda del anochecer. 
En cuanto a mí, no sé, 
¿qué más puedo decirte? 
Sólo que por tu causa 
casi tuve el proyecto de durar. 





VII




DETRÁS de mi silencio oíste "no", 
cuando quise decirte que no hay olas sin 
la polilla del tiempo, su escozor, 
o el duermevela de un escalofrío. 
De mi antigua ambición no queda nada, 
quizá no más de un torpe balbuceo 
quemado en el rescoldo de tu boca. 
Déjame a solas con la muerte. 
Para impregnarme de tu luz 
fue necesaria la tiniebla. 
Luego, al quebrar el alba, 
con un desasosiego 
que tiende a confundirse con la oscuridad 
busco en tus ojos los míos 
para que me confirmes que viví. ¿Me entiendes? 
También yo, como el sol, me pondré un día. 
Escribiré un poema sin mujer, sin nada, 
y al leer las palabras que dan forma a mi rostro 
tal vez no adviertas que no estoy. Abrázame. 
Pido la vez para apagar el sol. 



De Viaje al fin del invierno, Visor, Madrid, 1997.



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