domingo, 31 de diciembre de 2006

JESÚS AGUADO


EL BOSQUE 


Hablaba de sí misma como quien pega hachazos. 
Si no andabas con vista te aplastaba 
alguno de los árboles que crecía en sus bosques: 
tristeza, decepción, cansancio, oscuridad. 
Una vez se tomó tantas pastillas 
que hasta sus propios ojos se tragó. 
Pero tenía piernas sinuosas como caminos infectados de ladrones 
y sabía el secreto de las pócimas que avivan el deseo. 
Sentía que al amarla era a la muerte a quien amaba. 
La muerte hace el amor con manos más perfectas que la vida, 
pero siempre le acaba abandonando a uno. 
Ella se fue definitivamente 
una noche que el gas la besó como nunca 
ninguno de nosotros supo hacerlo. 




De Los amores imposibles

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