domingo, 31 de diciembre de 2006

SILVINA OCAMPO


AL RENCOR 


No vengas, te conjuro, con tus piedras; 
con tu vetusto horror con tu consejo; 
con tu escudo brillante con tu espejo; 
con tu verdor insólito de hiedras. 

En aquel árbol la torcaza es mía; 
no cubras con tus gritos su canción; 
me conmueve, me llega al corazón, 
repudia el mármol de tu mano fría. 

Te reconozco siempre. No, no vengas. 
Prometí no mirar tu aviesa cara 
cada vez que lloró sola en tu avara 
desolación. Y si de mí te vengas, 

que épica sea al menos tu venganza 
y no cobarde, oscura, impenitente, 
agazapada en cada sombra ausente, 
fingiendo que jamás hiere tu lanza. 

Entre rosas, jazmines que envenenas, 
¿por qué no te ultimé yo en mi otra vida? 
Haz brotar sangre al menos de mi herida, 
que estoy cansada de morir apenas.





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