domingo, 31 de diciembre de 2006

Sylvia Plath


FILO 

La mujer alcanzó la perfección. 
Su cuerpo 

muerto muestra la sonrisa de realización; 
La apariencia de una necesidad griega 

fluye por los pergaminos de su toga; 
sus pies 

desnudos parecen decir: 
hasta aquí hemos llegado, se acabó. 

Los niños muertos, ovillados, blancas serpientes, 
uno a cada pequeña 

jarra de leche, ahora vacía. 
Ella los ha plegado 

de nuevo hacia su cuerpo; así los pétalos 
de una rosa cerrada, cuando el jardín 

se envara y los olores sangran 
de las dulces gargantas profundas de la flor de la noche. 

La luna no tiene por qué entristecerse, 
mirando con fijeza desde su capucha de hueso. 

Está acostumbrada a este tipo de cosas. 
Sus negros crepitan y se arrastran.



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