domingo, 31 de diciembre de 2006

Vicente Gallego


ÉCHALE A ÉL LA CULPA 


Hoy te has ido de fiesta con amigas, 
y sin que tú lo sepas me regalas 
un tiempo de estar solo que ya empieza 
a ser raro en mi vida, un tiempo útil 
para intentar pensar en ti como si fueras 
lo que siempre debiste seguir siendo 
cuando pensaba en ti: aquella persona, 
en todo semejante a cualquier otra, 
que una noche lejana tuvo el gesto 
generosos y extraño de entregarme su amor. 
Pero el amor nos cambia, nos convierte en espías 
ridículos del otro, en implacables jueces 
que condenan sin pruebas y comparten 
sus estúpidas penas con el reo. 
El amor nos confunde y trata ahora 
de que vea en tu fiesta una traición. 

Por huir de esa trampa me amenazo 
con los nombres que cuadran al que cae en su vacío: 
egoísta, ridículo, inseguro, celoso... 
Y como un ejercicio de humildad pienso en ti 
Divirtiéndote sola: te imagino bailando 
Y mirando a otros hombres; 
Al calor del alcohol 
confiesas a una amiga algunas cosas 
que te irritan de mí sin que yo lo sospeche, 
y por unos instantes saboreas 
una vida distinta que esta noche te tienta 
porque eres humana, aunque no me haga gracia. 

Ahora caigo en la cuenta de que dudas 
como yo dudo a veces, y que también te aburres, 
y que algún día habrás soñado 
follar como una loca con el tipo que anuncia 
la colonia de moda. 
Para calmarme un poco 
tras la última idea, yo me digo 
que el amor es un juego donde cuentan 
mucho más los faroles que las cartas, 
y procuro ponerme razonable, 
pensar que es más hermoso que me quieras 
porque existen las fiestas, y las dudas, 
y los cuerpos de anuncio de colonia. 

Lo que quiero que sepas es que entiendo 
mejor de lo que piensas ciertas cosas, 
que soy tu semejante, que he pensado besarte 
cuando llegues a casa; y que es el amor 
-ese tipo grotesco y marrullero- 
el que va a hacerte daño con palabras 
absurdas de reproche cuando vuelvas, 
porque ya estás tardando, mala puta.



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