sábado, 30 de noviembre de 2013

Las puertas cerradas



Me quedé dormida demasiado tiempo. El dolor no me dejaba despertar. Ahora, con mucho esfuerzo, me levanto de la cama, me visto con lo que tengo, me aseo y me reparo como puedo con la mirada baja para no aguantar el desprecio del espejo. Salgo a la calle con pequeñas respiraciones, concentrándome para no dejar traspasar el llanto. Ésta es la suerte y el lugar que me han tocado, he de aprehender la resignación.

Me paso el día buscando las puertas que me lleven fuera de esta casa en la que ya no me quieren, me ahogo. Me detengo aterrada antes ellas, sé que no me aceptarán. Me obligo a hacerlo, llamo tímidamente, con toda mi educación heredada. Y me sonríen amablemente, me preguntan, me piden el carnet, se cercioran de que soy la idiota que sonríe forzosamente en esa foto, miran la fecha de nacimiento y se disculpan con delicadeza porque no pueden abrirme, llego tarde, hay tanta gente en el recibidor esperando para quedarse y yo ya soy vieja, por un año ya soy vieja. No hay lugar para mí.

No me sorprendo, desde muy pequeña sabía que debería morir antes de los veintinueve, porque no había nacido para la vida.






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