domingo, 2 de octubre de 2016

Desahuciada


No tengo adonde ir. No hay tregua ni en el sueño. Ya no son apasionantes historias. Oasis de vida. Es ansiedad. Sobresaltos. Corazón agitado. Llanto sonámbulo. Cuello mojado. He dormido dos horas en las que iba a buscarte para hablar contigo. Nunca he dejado de quererte. Allí están las otras, las rivales, las que me hundirán porque siempre salen vencedoras. Acabo por un proceso kafkiano sin juicio en una cárcel. Solo tú puedes salvarme. El tío de la garita, fuerte, rudo, rubio, de tez rosada y manos enormes y agrietadas me hace rellenar un papel. No vas a saber que soy inocente, que te quiero, no habrá defensa y nada de acercarme a ti o me desfigurará a golpes y a ti te hará desaparecer. Podrá, eso sí, violarme cada día. ¿Qué hice para estar aquí encerrada? Sales de un largo pasillo en el que espero encontrarte y poderte decir ayúdame, aléjate de ellas, te están engañando, yo te quiero, te he querido toda la vida, ayúdame. Pero sales de esa sala de visita sin acceder ni a mirarme. Me arrojo a tus piernas, llevas vaqueros. Escúchame, ayúdame, espera. Te marchas. Solamente una chica, rubia, de pelo corto ondulado con gafas, delgada, de gesto amable, tal vez abogada de oficio de otra presa, accede a anotar un mensaje para ti. Entonces recuerdo todos tus datos, hasta tu número de teléfono. Dice que le quiero, dile que le quiero todavía, que me saque de aquí, que nunca he hecho nada malo.  Siempre fui inocente.


Despierto. No tengo a quien contarle. He de contar para que se vaya esta pesadilla. Para que cada elemento se limpie y entienda por qué este sueño ha sido señal de vida o sentencia de muerte. 


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