miércoles, 12 de octubre de 2016

Abandonos



He tenido tres sueños aderezados con la fiebre. Como sucede últimamente, agitados, convulsos, traumáticos. En el primero tenía un nuevo amante que me dejaba por la mañana en la puerta de su luminoso apartamento.
En el segundo rompía con toda mi familia materna, trastocaba las buenas maneras, la diplomacia envenenada de la rancia aristocracia. Obligaba a los míos a salir precipitadamente de la casa de mi abuela muerta entre gritos de indignación y blasfemia. Pero no cabíamos los cinco en el coche. Decidí que era yo la que sobraba. Determiné también que mamá no me quería. Así que me marché llena de ira y dolor, descalza, sedienta, buscando la carretera y la muerte.
En el tercer y último sueño voy en mi línea 1 dirección al centro. Dentro del metro nos avisan de una avería, hay que cambiar de vagón. Una azafata nos guía por un laberinto de puertas hasta llevarnos al puerto. Montamos en un ferry. En apenas tres minutos me bajo en mi destino. Ha oscurecido. Estoy en el paseo marítimo de I. Encuentro a papá al lado de una niña pequeña, jugando con ella con el mismo ritmo parsimonioso, mecánico y ausente con el que movía la vaquita de juguete con la que animaba al gato. La niña es flaquita y risueña, de ojos color verdemiel enormes e hipnóticos. Dice que se llama Maripili. Papá realmente no sabe su nombre, se la dejaron sin más y ella cada día mira el calendario de la cocina y se hace llamar por el santo que toca. Le pregunto su edad. Cinco años, casi. Si tiene amigas. Su sonrisa se tuerce un poco y contesta que sí, alguna, bah, con decaimiento. Creo que es más feliz jugando sola. Miro a papá para decirle que le libero de la niña, que me ocupo de ella, que vaya a casa. Un chasquido de segundo y de repente la niña ya no está ahí, ha desaparecido. Corremos gritando su nombre del día por todo el paseo marítimo. La buscamos debajo de los árboles, entre las plantas, entre las estructuras de madera. Siento que es en vano. Mis pálpitos son más certeros que toda lógica. Pregunto por ella a todos los niños que encuentro a mi paso. Todos se esfuerzan en su búsqueda. Dónde se metería una niña de su edad, piensa, Cecilia, hacia dónde habrías ido tú a su edad. Sé que es en vano. De pronto la noche es total. Miro hacia la playa. El rugido de la marea en otoño. La violencia del oleaje que salpica más allá de la arena. Los peces muertos que ha vomitado a mis pies. Entonces lo comprendo. No sigo buscándola. A mi hija se la llevó una ola. Mi niña se ha muerto en el mar.

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