martes, 10 de enero de 2017

Crónica apresurada de una bolsa en la cabeza o ensayo en el lago.



A los cuatro gatitos muertos no-natos y al vientre con el que comparto dolor. 



Nacemos envueltos en muerte. La vida no es mucho más que el movimiento de abrir y cerrar ojos cegados, y de coger aire y expulsarlo creyendo innegablemente en el aire. Flotar en un mar incierto. Yo, ahora, escribo sabiendo que no existo. Solamente tuve auténtico aliento durante mis tres primeros años de existencia. Un día después desperté ahogada con una palabra atravesada como una espina en la tráquea. "¿Mamá, qué es la muerte?" No dijo nada, tan solo señaló sus párpados desfigurados por las lágrimas. Aprendí que cada llanto es una nueva muerte. Hoy ya ni siquiera lloro por estar habituada a que eso que los demás llaman vida no nos haya concedido más que unos días de tregua. De nuevo el duelo, la pérdida, el amor que se escurre entre los dedos sin vasija que lo contenga, sin condescendencia hacia los seres que se creen dignos de paz, seres, al fin y al cabo, buenos.

Miro las vías del tren asomada en el pretil del puente. Todo es humo, suciedad, extrañeza, desorientación, soledad invisible.

¿Qué tengo? ¿Para qué valgo? ¿Por qué aquello que toco con la prudente ilusión de una amante primeriza se descompone antes de formular su nombre?

Pero no me tiro porque el sitio es feo. La estética del suicida.



Tras la violencia, Leila Amat.


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